40 pensamientos clave de Nietzsche para los inconformes crónicos.

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Nada como llevar la contraria con fundamentos, como destrozar las felicidades huecas y sin sentido de los demás con un poco de reflexión bien llevada. Si bien es cierto que en la actualidad la insatisfacción se ha propagado entre un gran número de hombres y mujeres gracias a los medios de comunicación y del espectáculo, esa fórmula casi exacta para el enojo y la desilusión no es sino el lado más gentil de la problemática; si vamos a estar en desacuerdo con lo que nos rodea, por lo menos que sea en serio. Para destruir, quemar, olvidar y renovar nuestra realidad. Si esa época en que vivimos, donde todo es posible pero las cosas son alcanzables muy pocas veces, eriza la piel y ocasiona una ira inconmensurable, es una obligación permanente que esa quimérica meta final de regocijo se convierta en una posibilidad distinta, una cima asequible.

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A pesar de que muchos consideran a Nietzsche como el amo y señor de la obliteración, un ser despreciable de antireligión, misantropía, cinismo y pesimismo, sólo podemos decir que esto es una malinterpretación constante de sus escritos. No podemos negar su tinte oscuro y alma tenebrosa en los textos que nos heredó, pero sus líneas son, en sentido estricto, una prueba de subversión exquisita, de una honestidad brutal y vigorizante. Él sería hoy un perfecto insatisfecho; crónico por su constante levantamiento ante lo establecido (que hoy se acepta con gozo, dada su “alternativa” accesibilidad), pero no en la misma línea vacua que el resto. Su insaciabilidad se perfilaría, por el contrario, a buscar un perfeccionamiento del hombre en vez de un fracaso convencido.



Para muestra, 40 de sus más grandes aforismos –frases cortas que se proponen a sí mismas como una regla en su individuación y sistema–; los cuales remarcan su puntual reflexión, su talento perturbador en la filosofía capaz de derrumbar mundos pero llamar a la creación de otros nuevos. Si alguno de ellos te hace tocar un nuevo nivel de insatisfacción invitándote a (re)considerar lo que te place y lo que te disgusta, sigue ese camino. No abandones la inconformidad fecunda.



1. “Las personas que nos han dado su confianza completa creen que tienen derecho a la nuestra. La inferencia es falsa, un regalo no confiere ningún derecho”.


2. “El que se humilla a sí mismo desea ser exaltado”.


3. “La manera más segura de corromper una juventud es mandarle a sostener en más alta estima a los que piensan igual en vez de quienes piensan diferente”.


4. “No hay hechos, sólo interpretaciones”.


5. “La moral no es sino el instinto de rebaño en el individuo”.

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6. “Nadie habla más apasionadamente sobre sus derechos que quien duda en lo más profundo de su alma si acaso los tiene”.


7. “Sin música, la vida sería un error”.


8. “Cualquier persona que ha acusado a alguien de ser un idiota, una mala manzana, es molestado cuando resulta al final que el otro no lo era”.


9. “En los estados grandes la educación pública siempre será mediocre, por la misma razón que en las grandes cocinas la comida suele ser mala”.


10. “El hombre de conocimiento debe ser capaz no sólo de amar a sus enemigos, sino también de odiar a sus amigos”.

11. “Un paseo casual a través del manicomio muestra que la fe no prueba nada”.


12. “A menudo, nos negamos a aceptar una idea simplemente porque la forma en que se ha expresado es indiferente para nosotros”.


13. “Ningún vencedor cree en el azar”.


14. “Las convicciones son los enemigos más peligrosos de la verdad en comparación con las mentiras”.


15. “Hablar mucho sobre uno mismo también puede ser un medio para ocultarse”.




16. “No así una falta de amor, es la falta de amistad lo que hace a un matrimonio infeliz”.


17. “La esencia de toda la belleza del arte, de todo gran arte, es gratitud”.


18. “El futuro influye en el presente tanto como el pasado”.


19. “La mentira más común es la que se cuenta a sí misma; mentir a los demás es relativamente una excepción”.


20. “Yo les aconsejo, mis amigos: desconfíen de todos en quienes el impulso a castigar es potente”.




21. “Regocijarse en nuestra alegría, no sufrir de más en nuestro sufrimiento, es lo que hace de alguien un amigo”.


22. “Dios es un pensamiento que hace torcido todo lo que es recto”.


23. “El éxito siempre ha sido un gran mentiroso”.


24. “Nada en la tierra consume más rápidamente a un hombre que la pasión del resentimiento”.


25. “¿Qué es lo que consideras más humano? Perdonar la vergüenza ajena”.

26. “Lo que se hace por amor siempre ocurre más allá del bien y del mal”.


27. “Cuando un centenar de hombres se unen, cada uno de ellos pierde su mente y consigue otra”.


28. “Cuando uno tiene mucho que poner en él, un día tiene cien bolsillos”.


29. “El que se desprecia a sí mismo, no obstante, se respeta a sí mismo como alguien que desprecia”.


30. “Todas las cosas están sujetas a la interpretación. Cualquiera que sea la interpretación que prevalezca en un momento dado es una función de poder y no de verdad”.

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31. “¿Qué es bueno? Todo lo que aumenta la sensación de poder, la voluntad de poder, el poder mismo. ¿Qué está mal? Todo lo que nace de la debilidad. ¿Qué es la felicidad? La sensación de que el poder está creciendo, de que se supera esa resistencia”.


32. “El miedo es la madre de la moral”.


33. “Un político divide a la humanidad en dos clases: las herramientas y los enemigos”.


34. “Toda persona que haya construido un nuevo cielo en cualquier lugar, primero encontró el poder que yace en su propio infierno”.


35. “Hay más sabiduría en tu cuerpo que en tu filosofía más profunda”.

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36. “La madre de exceso no es alegría, sino la falta de ella”.


37. “El reino de los cielos es una condición del corazón, no es algo que viene a la tierra o después de la muerte”.


38. “¿Cuál es la marca de la liberación? Ya no sentir vergüenza frente a uno mismo”.


39. “Da a un vistazo al mundo como si el tiempo se hubiera ido y todo lo torcido se hará derecho para ti”


40. “Debemos considerar perdido cada día en que no hayamos bailado al menos una vez”.


Habrá algunos con los que se esté de acuerdo inmediatamente, quizá existan otros que parezcan endebles a primera vista, pero no por ello deben desdeñarse. El sistema filosófico de Nietzsche halló, sobre todo, la historia de una falsedad, el ardid neurótico por sumarse a esa enorme mentira y la necesidad (contraria) por desligarse de los impotentes, los débiles y los malogrados mentalmente por la seudo moral religiosa y esquemas pervertidos del estado.

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Pasos para convertirte en un Superhombre según Nietzsche.

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Acusado de ser un filósofo para principiantes del cual sólo las almas jóvenes pueden asirse en su inexperiencia intelectual, Nietzsche es uno de los más grandes pensadores en nuestra historia, sin importar ningún juicio detractor. Un autor que ha sido malinterpretado en más de una ocasión y vilipendiado por la crítica desde sus inicios, el alemán maestro de la sospecha cuenta con cientos de lecturas cojas que sólo han logrado posicionarle como hereje, anticristiano, cáustico y mórbido en el transcurso de los años. Por ejemplo, es bien sabido que la perspectiva desde la que se leyó “Así habló Zaratustra” en el tan llamado periodo nazi de su país, no sólo logró esparcir por el mundo una fama oscura del filólogo, sino posibilitó errores y aciertos en la inteligencia humana, en la cultura popular del planeta Tierra.

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En esa línea, uno de los conceptos más utilizados en la vida diaria y sus imaginarios es el de Superhombre. Un término cuyas evoluciones como Superman gobiernan la identificación exacta del héroe en el cómic y el cine, además de una caracterización bélica que en su nomenclatura de Ubermensch rememora un episodio -tanto trágico como vergonzoso- de la demencia histórica. No obstante, aunque la creación de Schuster y Siegel, genios detrás de Clark Kent, no se aleja del todo en relación con el postulado nietzscheano, sí es necesario acotar que el entendimiento de dicho humano hiperdotado no vive en nuestra mente de la manera más adecuada.

Es innegable que el Superhombre sea un sujeto elitista, demandante, rígido y en algunas ocasiones violento –en la amplia definición de esta palabra–. Lo que sí podemos extender en su aprehensión es que tampoco se caracteriza por democrático, occidental, sensible y mayoritariamente condescendiente. Lo cual, por cierto, no está mal. Dejémonos de romanticismos. De hecho, el individuo de mallas azules y calzoncillos rojos nació como una propuesta (judía) que mediante la diversión planeaba contraponerse a los ideales germanos del filósofo, asumiéndolo un personaje indisociable del nacionalsocialismo. Más equivocado, no se podría.

Pero, entonces, ¿cómo llegar a ser uno siendo lo más fieles que se pueda al sistema nietzscheano? Uno que no termine en la caricaturización de la propuesta, pero tampoco se confunda con un ser despreciable.

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10. Primero, asimilar que la vida, por naturaleza, es siempre segura de sí misma y codiciosa. Codiciosa de más vida. En otras palabras: una buena cantidad de lucha y dolor, de marchitud, no trasciende más que un imparable deseo de florecer.

9. Nietzsche nunca incitó a torturar o crear campos de concentración. La supremacía que él sugirió con su Übermensch es una que aceptara ese vitalismo de cabeza erguida, nunca arrastrándose ante nada impuesto.

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8. Así, el Superhombre piensa por sí mismo. Lo bueno y lo malo son, justamente de esa forma, definidos por él y nadie más.

7. Defiende su independencia de pensamiento y cuerpo sin recurrir a ningún criterio ajeno.

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6. El convencionalismo no juega un papel determinante en su personalidad. Mucho menos en sus actos.

5. En la reinterpretación como héroe-fenómeno, el Superman idealizado guarda un poco de su esencia en esa expresión de máxima responsabilidad ante todo; lo que cabe destacar del modelo original es que éste la ejecuta para resaltar su estado privilegiado, no por ayuda desinteresada.

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4. Este ser superior no dobla barras de acero ni detiene trenes bala, pero sí es un sujeto vigoroso, fuerte y físicamente dotado.

3. El Superhombre comienza afirmando que Dios ha muerto. No en el sentido banal y escandaloso que se le da al postulado, sino en una confirmación de que es una criatura capaz de sostenerse por sí sola.

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2. Hay un punto en el cual quizá no pueda defenderse su personificación y es que, efectivamente, dada una determinada concepción evolutiva de su autor que depende de su contexto social-histórico. No pueden pensarse estos atributos más que en la exclusividad del género masculino. Sin embargo, ¿no podría ya extenderse su tratado por encima de cualquier género humano?

  1. Uno de los aspectos negativos –o que se pueden leer de tal manera– en este Übermensch es su inquebrantable desprecio por los débiles. En todo caso debe entenderse como una actitud que confronta a las ideas ultraterrenales, ama el peligro, se lanza al combate, acepta los desafíos y busca la elevación de lo humano.
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Nietzsche describe una serie de rasgos que lo caracterizan, como hemos visto, no sólo en la idea sino en la posibilidad de hecho. Los atributos más importantes son la libertad de espíritu, llegar a ser lo que es, diferenciarse de los demás, centrar la importancia en el individuo y crear sus propias normas. El Superhombre es aquél que cuando toma una decisión no se arrepiente de ella y la asume con todas las consecuencias. Esta libertad ­–y esta necesidad de desenvolverse en todos los campos– implica que no pueda llegar a una certeza y que los demás tampoco puedan ver nada más allá de lo que él desea mostrar. Para aclarar más este pensamiento, lee las siguientes 8 novelas para entender a Nietzsche y 40 pensamientos clave de Nietzsche para los inconformes crónicos.

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Acerca del fragmento “… no hay hechos, sólo interpretaciones” (Nietzsche)

El vuelo de la lechuza

Póstumos tecnos.jpg“No hay hechos, sólo interpretaciones”. Nietzsche escribió este fragmento en 1886. Dentro de la historia de la filosofía se trata de uno de los más citados, más reconocidos, más utilizados, pero quizá, igualmente, uno de los más incomprendidos. Se ha vuelto casi un cliché desgastado, una frase de cajón para justificar el todo vale. Hace parte de los muchos fragmentos que escribió, a partir de los cuales intentaba concebir una apreciación mayor que lograra esbozar una filosofía de la voluntad de posibilidad (Wille zur Macht)[1]Se rechaza aquí el término poder; no es una traducción errada, pero posibilidad potencia logra concretar de manera mucho más amplia lo que subyace en la constitución del pensamiento de Nietzsche en este aspecto. Así pues, la frase citada en el título de este texto se expone desde un espacio muy concreto en el que se intenta, contra el…

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Las vidas de Nietzsche — El vuelo de la lechuza

Enfrentarse, como objeto de estudio, a la vida del titánico Friedrich Nietzsche (1844-1900) supone un reto caleidoscópico para cualquier investigador. Si su obra se trazó mediante plurales y a veces enfrentados puntos de vista fue porque, precisamente, también su existencia estuvo plagada de sucesos que, a veces en franca contradicción, parecían poner todo en contra […]

Las vidas de Nietzsche — El vuelo de la lechuza

MAS ALLA DEL BIEN Y EL MAL.

Que quiso decir Nietzsche?…

NIETZSCHE Y LA FELICIDAD.


En este interesante documental de la serie Filosofía: una guía para la felicidad del escritor Alain de Botton, nos sintetiza de manera magistral la postura de Friedrich Nietzsche frente al fracaso, en particular su paradójica relación con el éxito y la felicidad del ser humano. A manera de presentación, el escritor suizo nos ayuda a descifrar este enigmático anhelo del pensador alemán: “A todos aquellos que realmente  me importan les deseo sufrimiento, desolación, enfermedad, maltratos, humillaciones, un profundo desprecio por si mismos, el tormento de la autodesconfianza y la desgracia del derrotado…. y no tengo compasión de ellos, porque les deseo lo que revela el valor de un hombre: ¡que aguanten con firmeza”

Nietzsche y su hermana: la leyenda del incesto más famoso de la filosofía. Desmontando la gran falsa.

“El chico que se crió en una casa llena de mujeres sin hombre. La extraña relación entre Nietzsche y su hermana, acallada durante cincuenta años y revelada por fin en la confesión del propio filósofo. La historia de un hermano famoso y una hermana pequeña aterradoramente ambiciosa que crecieron amándose físicamente desde niños y siguieron amándose de adultos, excluyendo a todos los demás hombres y mujeres. Basta con leer unos fragmentos de este libro apasionante para darse cuenta de por qué ha sido silenciado todos estos años. Llanamente y con pavorosa seriedad, el mayor filósofo del siglo XIX relata cómo cayó poco a poco en esa trampa amorosa extremadamente arriesgada que le impidió casarse y que llevó al suicidio al marido de su hermana. MI HERMANA Y YO fue escrito en un manicomio en Jena. Sin duda era su venganza deliberada contra su familia por haberle impedido publicar una confesión anterior y mucho más moderada titulada ‘Ecce homo’, que no apareció hasta diez años después de su muerte. MI HERMANA Y YO tuvo que aguardar más de cincuenta años porque no podía hacerse público hasta que todos los actores de este Gran Drama hubieran fallecido“.


Nietzsche y su hermana Elisabeth en 1899, cuando la locura había devorado ya al filósofo.
'¡Soy dinamita!' (Crítica)
‘¡Soy dinamita!’ (Crítica)

Así rezaba la muy seductora publicidad editorial de un libro escandaloso publicado con tremendo éxito en 1951 y que aún hoy pueden encontrar en distintos idiomas, también en español, con la firma del gran intempestivo, del filósofo del eterno retorno, del confesor de Zaratustra y asesino de Dios, Friedrich Wilhelm Nietzsche. Así figura también en numerosos sites de internet. De hecho, la historia es hoy moneda común y todo el mundo cree saber que el desventurado autor de ‘El Anticristo’ se acostaba con su hermana en lo que sería el incesto más célebre de la historia de la filosofía. Lástima que todo sea falso, como explica la novelista y biógrafa inglesa Sue Prideaux (1946) en la ultimísima y soberbia biografía del pensador que acaba de publicarse en España: ‘Soy dinamita: una vida de Nietzsche’ (Ariel, 2019).[

Hay tantas biografías de Nietzsche como utilizaciones bastardas de su filosofía, desde las apologías de su potencial liberador hasta las virulentas diatribas acerca de su utilidad como argamasa del nazismo. Y lo que mejor hace en estas páginas Prideaux es disolver todos esos mitos y leyendas sin contemplaciones con una narración tan adictiva como divertida que danza en torno a la relación de amor y odio del filósofo y el compositor Richard Wagner. Una de esas fabulaciones desarboladas es la de la supuesta relación erótica con su hermana menor Elisabeth Förster-Nietzsche. ¿Cómo surgió el bulo y cuáles son las razones de su longevidad?

Invitados a una falsificación

Advierte Prideaux que el librito atribuido a Nietzsche es “abominable, desde el mismo principio, con Elisabeth metiéndose en su cama y procediendo a la ‘aplicación de sus pequeños y regordetes dedos’, hecho que habría ocurrido por primera vez la noche de la muerte de su hermano pequeño Joseph. Dado que Elisabeth tenía dos años en aquel momento, y Nietzsche cuatro, la lógica y la razón quedan excluidas desde el principio. Pero el sentido común a menudo se ve desbordado por el sensacionalismo una vez que el escándalo se dispara”. Ya antes de que pudiera refutarse con pruebas de peso y adjudicarse la falsificación a su verdadero perpetrador, el erudito Walter Kaufmann había desmontado con un exigente y hábil análisis filológico la autoría del libro. ¿Y quién era el embustero tras la cortina? Se presenta Samuel Roth.

Samuel Roth
Samuel Roth

Roth parece un personaje de ficción. Judío nacido en Ucrania en 1893 cuya familia emigró al Lower East Side Manhattan. Editor, escritor, librero y pornógrafo. Paladín de la libertad de expresión por su papel como demandante en el célebre ‘Roth contra Estados Unidos’ (1957) y estafador reincidente. Entre sus publicaciones, ya fueran anónimas o bajo pseudónimo, encontramos ‘Lady Chatterley’s Husbands’ (1931), ‘The Private Life of Frank Harris’ (1931), ‘I Was Hitler’s Doctor’ (1951) y ‘The Violation of the Child Marilyn Monroe’ por “su amigo psiquiatra” (1962). Por lo demás, Roth se especializó en reproducir fragmentos sexualmente explícitos de montones de autores sin su permiso en revistas eróticas de su propiedad. Hasta el punto de que nada menos que 167 de ellos -como Einstein, Eliot, Gide, Hamsun, Hemingway o Thomas Mann- llegaron a firmar una carta colectiva de protesta.

La invención sobre la relación incestuosa de los hermanos Nietzsche no fue más que otro de sus múltiples fraudes, aunque sin duda el que más huella dejó. Por cierto que Elizabeth no necesitaba de nada semejante para llamar la atención. Su historia real ya es tan fascinante como inquietante.

Cosas nazis

Es cierto que Friedrich y Elisabeth, ‘la Llama’, como él la llamaba, fueron dos hermanos amantísimos e inseparables. Vivieron intermitentemente juntos durante la mayor parte de sus vidas y ella cuidó primorosamente de él durante las numerosas crisis desencadenadas por su catastrófica salud. Tan inteligente como abandonada al papel vicario al que la sociedad de su tiempo abocaba a las mujeres, nunca quiso ser tomada por una de esas “nuevas feministas que luchaban por el derecho a llevar los pantalones y los derechos políticos de votar como borregos“. Cuando finalmente se casó en 1885 lo hizo con un maestro de escuela llamado Bernhard Förster que pronto se transformó en un virulento antisemita fundador de un asentamiento ario puro junto a otras catorce familias en Paraguay bautizado como Nueva Germania que todavía existe hoy. Aquello fue un desastre y Förster se suicidó con veneno en 1889. Ese mismo año, Elisabeth Förster-Nietzsche recibía otra mala noticia: su hermano había abrazado a un caballo maltratado en la piazza Carlo Alberto de Turín en el mismo instante en que se volvía completamente loco.

Adolf Hitler en el funeral de Elisabeth Förster-Nietzsche en 1935.
Adolf Hitler en el funeral de Elisabeth Förster-Nietzsche en 1935.

Al regreso de Elisabeth al viejo continente comenzó la etapa más siniestra de aquella relación fraternal. Durante los diez años de demencia que aún vivió Friedrich la fama de sus escritos explotó y Elisabeth impuso un control férreo sobre su legado mediante el expurgo del Archivo Nietzsche que ella mismo fundó. Más adelante haría cosas peores, cosas, como diría Peter Griffin, “nazis”. En los años 30 se afilió al partido nacionalsocialista alemán y puso el Archivo de su hermano al servicio del III Reich emborronando injustamente su memoria. Escribe Sue Prideaux que ella y su primo Max Oehler “llenarían el Archivo de nacionalsocialistas que redactarían la filosofía de su partido escudándose en el nombre de Nietzsche. Villa Silberblick se convirtió en la guarida de las tarántulas vengativas que Nietzsche había previsto y contra las que había advertido”.

La ‘profecía’ quedó registrada en ‘Ecce homo’ y aún hoy su lectura trenza un nudo en la garganta: “Conozco mi suerte. Alguna vez irá unido mi nombre al recuerdo de algo gigantesco: de una crisis como jamás la ha habido en la tierra, de la más profunda colisión de conciencia, de una decisión tomada, mediante un conjuro, contra todo lo que hasta ese momento se había creído, exigido, santificado. Yo no soy un hombre, soy dinamita“. ¿Cómo no evocar en estas palabras la chimenea del horno crematorio? Y, sin embargo, la biógrafa advierte: “Sólo en nuestra imaginación, oscurecida por la larga sombra de la mirada retrospectiva, es ése el grito de un hombre que quería desencadenar el mal sobre el mundo”.

Elisabeth Förster-Nietzsche murió en 1935. A su funeral acudió a rendir respetos Adolf Hitler.

LA HERMANA DE NIETZSCHE.

Nunca una hermana hizo tanto daño y causó tanto desprestigio como Elizabeth-Förster-Nietzsche.
Dos años más joven que el filósofo, se casó con Bernhard Förster, antisemita (calificaba a los judíos como “parásitos del cuerpo alemán”) y era un acérrimo defensor de la raza aria.
Nietzsche no lo soportaba. Ni siquiera fue a la boda. Y no es que Nietzsche fuera un pro-semita. Su odio a los judíos (como también a los cristianos) era por sus ideas, por su moral de esclavos, por el ideal de vida, pero no por su raza. Admiraba al judío Spinoza, al poeta alemán Heine (de origen judío), al compositor Bizet (con antepasados judíos)…

El matrimonio Förster-Nietzsche convencieron a catorce familias alemanas y se trasladaron a Paraguay, donde formaron un asentamiento “ario puro”, llamado Nueva Germania, un proyecto de pureza racial teutónica, (al revés que Nietzsche, que decía de sí mismo “ser un polaco del tercer Reich” (hasta ese punto detestaba a sus compatriotas).

La empresa terminó en un fracaso, entrando en bancarrota, lo que hizo que Förster se suicidara, envenenándose. Era 1.889. Cuatro años después Elizabeth regresaría a Alemania.
Ese mismo año, 1.889, fue cuando Nietzsche, tras abrazarse al cuello de un caballo, que estaba siendo apaleado por su dueño, en las calles de Turín, acabó de hundirse en la locura.
Cuando Elizabeth regresó a Alemania, Nietzsche era ya un inválido, pero sus escritos comenzaban ya a leerse por toda la Europa culta.

El problema de Nietzsche con las mujeres es digno de un estudio minucioso. Criado entre mujeres, su relación con ellas no fue buena. Además de las calabazas que, varias veces, le dio la bella e inteligente Lou von Salomé, y su enamoramiento de Cosima Wagner (la mujer de Wagner)
“No me gusta mi madre, y cada vez que oigo la voz de mi hermana me chirrían los oídos y siempre que he estado con ellas he caído enfermo”.

Fue tal la bajeza moral de Elizabeth, que hasta llegó a cobrar entrada para que los devotos de la obra de su hermano pudieran verlo en la cama, cuando estaba reducido a la invalidez.

Elizabeth, nacionalista alemana y antisemita, se hizo seguidora del partido nazi.

Creó y se hizo cargo del Archivo Nietzsche, encargándose de la edición de los manuscritos inéditos de su hermano.
Cuando Hitler llegó al poder, en 1.933, el Archivo Nietzsche recibió apoyo económico y publicidad por parte del gobierno de la Alemania nazi.
Ella distorsionó y manipuló parte de la filosofía de Nietzsche (sobre todo, los fragmentos póstumos de “La Voluntad de Poder”), para hacerla coincidir con la ideología nazi e intentar legitimar la violencia política del nazismo.

Le hizo entrega, en una ceremonia solemne, a Hitler del bastón que había usado Nietzsche, posando para la foto ante la estatua del filósofo.

No es de extrañar que uno de los asistentes a su sepelio fuera, precisamente, Hitler.

Ella fue la responsable-culpable de haber pisoteado, destrozado y echado a los pies de los caballos (nazismo, fascismo, anarquismo, racismo, antisemitismo, Auschwitz-Birkenau…) tanto la persona, como la memoria, como la obra y el legado de su hermano, convirtiéndolo en padre, padrino, inspirador, guía, responsable de esos y más caballos.

¡Es tan fácil sacar fuera de contexto y manipular la obra de Nietzsche, al escribir en aforismos, en ideas clarividentes sueltas¡. Basta con “cortar y pegar” aquí o allí, según intereses de esta “mala señora”.

Y ahora, para finalizar la pregunta del millón: “si Nietzsche, en vez de morir en 1.900 hubiese estado vivo en 1.933, ¿habría aplaudido a Hitler, como lo había hecho con Napoleón y Julio César?”.
¡Por Dios¡. ¡Por Dios¡. ¡Por Dios¡ 
Si despotricaba contra “la moral del rebaño” (que prometía el Paraíso Celestial) ¿iba a abogar por la “política del rebaño”, que prometía un “paraíso terrenal”, de entrada restringida a “la raza aria, de ojos azules y larga caballera”, y regado con ríos de sangre judía?


Publicado por Tomás Morales en 0:50

Friedrich Nietzsche y la filosofía del martillo.

En nuestros días, la mayoría de los filósofos se dedican profesionalmente a la docencia. Sin embargo, a lo largo de la historia ha habido muchos pensadores que no fueron profesores de filosofía. Se trata en algunos casos de intelectuales que no han sido académicos, y que carecen de una obra docente. Uno de los nombres destacados que la Academia ha tardado en reconocer como importante es el de Frie­drich Nietzsche, quien se dedicó, en primer lugar, a la filología, disciplina en la que destacó, siendo discípulo y amigo de algunos de los filólogos más importantes de su época, tales como Friedrich Wilhelm Ritschl y Erwin Rohde. A lo largo de su vida, escribió una obra extremadamente personal, que comenzó con una novedosa y polémica interpretación del mundo antiguo y de la cultura griega clásica y que lo condujo a la crítica radical del cristianismo y del humanismo positivista de su época.

Nietzsche fue, inicialmente, seguidor de la obra de Arthur Schopenhauer, de quien toma la imagen del cosmos como voluntad que lucha por desear, por extenderse, que arrolla todo a su paso y que no surge de una razón organizadora, sino más bien del impulso ciego. Pero, a diferencia de Schopenhauer, que ve esto como una especie de dolor, Nietzsche considera que sí hay sufrimiento pero también hay alegría, una profunda exaltación. Schopenhauer ve el juego de la vo­luntad desde el individuo y constata que la voluntad se vale de él para sus propios fines y luego lo aplasta sin miramientos. El resulta­do es un irrenunciable pesimismo: la vida es dolor porque es deseo; y el deseo tiene como únicos destinos la insatisfacción o el hastío.

Nietzsche, en cambio, considera que el yo es una ilusión y entonces adopta un punto de vista descentrado para contemplar el juego que eternamente fluye de las fuerzas que componen la voluntad de po­der. Este juego se le aparece, pues, como gozoso. Para Schopenhauer la voluntad es una —es la cosa en sí que el universo es—, mientras que para Nietzsche no hay más que infinitas y fugaces puntuaciones de voluntad, cuyas tensiones y choques son las que constituyen toda entidad perceptible o pensable.

Nietzsche cumplió y superó la profecía de Schopenhauer. Vio ese mundo que regresa, ese girar de los eones, de los deseos, de los impulsos humanos. Pensaba que de todo eso podemos ir obteniendo una superación y una exaltación. Para él, la visión cósmica de la dan­za del devenir es motivo de celebración.

Criado entre mujeres y sin salud

Nietzsche nació en Rócken, Sajonia, en 1844. Huérfano de padre desde los cinco años, se crió con su abuela, su madre, su hermana y dos tías. Estudió en el Gymnasium de Naumberg y, luego, en el fa­moso internado de Pforta. De aquellos años juveniles datan las pri­meras evidencias de su precaria salud. Según los registros del inter­nado, Friedrich iba frecuentemente a la enfermería por diversas causas: dolores de cabeza, malestares estomacales, vómitos y diarreas, mostrando una fragilidad que sería una característica de toda su vida. Más tarde profundizó sus estudios de filología en la Universidad de Berlín y en la de Leipzig. En 1869 fue nombrado profesor de filolo­gía clásica en la Universidad de Basilea. Al estallar la guerra franco-prusiana se incorporó como enfermero al ejército alemán, aunque sus habituales problemas físicos le impusieron el regreso a tareas aca­démicas. En Basilea, conoció al compositor Richard Wagner, quien ejerció una enorme influencia sobre él. Nietzsche entendía que Wagner representaba la renovación de la cultura alemana. No es ex­traño, pues, que la primera obra del filósofo, El origen de la tragedia en el espíritu de la música, tuviera la intención de justificar las concepciones dramáticas wagnerianas. Sin embargo, la posición de Nietzsche respecto de Wagner fue cambiando. A medida que su pensamiento y su vida fueron desplegándose, Nietzsche adoptó claras tomas de po­sición frente a su cuñado Bernhardt Fórster, antisemita y negrero, contra Wagner, y ante el nacionalismo y militarismo prusiano. En ese sentido, fue un decidido europeísta y cosmopolita. Tuvo una actitud agresiva y definida, además, contra la burocracia universitaria. Inclu­so cuando debemos calibrar el alcance de sus afirmaciones teóricas principales, son bastante clarificadoras, cuando analizamos su oposi­ción respecto de la pena de muerte, los procedimientos carcelarios demasiado rigurosos de su época y su permanente desdén por la fal­ta de veracidad e hipocresía. El origen de la tragedia en el espíritu de la música es el libro con el que finaliza su carrera como filólogo clásico y con él se verifica la primera etapa del desarrollo de la filosofía nietzscheana.

Un incomprendido

Los colegas de Nietzsche no supieron comprender que el análisis que presentaba no era en modo alguno filológico, sino puramente filosófico. En El origen de la tragedia en el espíritu de la música, Nietzs­che presenta la tensión entre un principio apolíneo, que rige las for­mas, las apariencias, la claridad, y un principio dionisíaco, que ex­presa el verdadero fondo de la realidad, la exaltación de las pasiones, la embriaguez, la vida misma. Así, en la tragedia, el artista proporcio­na un consuelo, mediante bellas formas, frente a lo puramente dio­nisíaco, amenazante y disolvente. Pero la tragedia entra en crisis en el siglo v a.C. según Nietzsche, en virtud del optimismo racionalista, representado por Sócrates y Eurípides. Entre 1873 y 1876, Nietzs­che publicó cuatro artículos reunidos bajo el título de Consideraciones intempestivas, donde hace una crítica radical de la cultura, calificando a ésta de estéril y contraria a la vida.

En 1878 apareció Humano, demasiado humano, que abre la segun­da etapa del pensamiento nietzscheano, en la que él se aparta de sus influencias iniciales y adopta una postura de rechazo de muchas de sus anteriores opiniones, como, por ejemplo, las que había expresado sobre Schopenhauer —reflejadas en la separación de lo dionisíaco y lo apolíneo— y Wagner. En esa época abandonó la docencia univer­sitaria y conoció a Lou Andreas von Salomé, que fue el gran amor de su vida. Junto con un amigo común, el poeta Paul Rée, deci­dieron vivir juntos en una especie de comunidad que resultó bastan­te escandalosa para la época. La convivencia duró pocos meses y la experiencia fracasó.

En 1881, Nietzsche publicó Aurora y un año más tarde La gaya ciencia, obra que anunció la que sería la tercera etapa de la filosofía nietzscheana, ya no simplemente crítica sino fuertemente afirmativa. De esta manera no sólo puso el acento en destruir errores —Nietzs­che llama a ese momento «filosofía del martillo»—, sino en señalar una filosofía que tenía como objetivo, en cambio, proponer nuevas verdades. Nietzsche parece haber comprendido que la mera crítica no afirma nada y que para afirmar es necesario asumir un momento constructivo.

La trampa de los débiles

Uno de los aspectos más polémicos y por supuesto más sugestivos de la obra de Nietzsche es el referido al tema de la moral, o, para utilizar sus propias palabras: «una especie de psicología y genealo­gía de la moral». En contra de las ideas cristianas que indican que los débiles llegarán al cielo, y que la fuerza o la arrogancia son ele­mentos negativos, Nietzsche no acepta como virtudes positivas que debamos ser humildes o que tengamos que apoyar a los más pequeños. Su pensamiento intenta desenmascarar una trama que han ido inventando los débiles como legitimación de su resenti­miento contra los fuertes. Los enfermos y los incapaces han gene­rado un pensamiento segregador diciendo que los que triunfan, los más fuertes, arrogantes y brillantes, son malos: una especie de satanes.

En palabras de Nietzsche: «El prójimo alaba el desinterés porque recoge sus efectos. Si el prójimo razonase de un modo desinteresado, rehusaría esa ruptura de fuerzas, se opondría al nacimiento de seme­jantes inclinaciones y afirmaría ante todo su desinterés, designándo­las precisamente como malas. He aquí indicada la contradicción fun­damental de esta moral, hoy tan en boga: ¡los motivos de esta moral están en contradicción con su principio!».

El pensador asegura que lo que le sirve a esta moral para su de­mostración es refutado por su propio criterio de moralidad. Dice: «El principio: “Debes renunciar a ti mismo y ofrecerte en sacrificio”, para no refutar su propia moral, no debería ser decretado sino por un ser que renunciase por sí mismo a sus beneficios y que acarrease qui­zá, por este sacrificio exigido a los individuos, su propia caída. Pero desde el momento en que el prójimo (o bien la sociedad) recomienza a causa de su utilidad, el principio contrario: “Debes buscar el provecho, aun a expensas de todos los demás”, es puesto en práctica y se predica a la vez un debes y un no debes».

Por otra parte, asegura: «En el fondo de toda recomendación mo­ral altruista late el rebosantemente utilitario —y egoísta, por tanto— ¿qué pasaría si todos hicieran lo mismo? De tal modo que quien se ha dado cuenta de esto, es decir, de la intrínseca falsedad —o aún mejor imposibilidad— del altruismo, pero por otra parte ha sido educado en la ecuación altruismo-moralidad, egoísmo-inmoralidad, pierde toda razón y aun toda sensibilidad para la exigencia moral».

Nietzsche apunta a que las razones del altruismo no son altruis­tas: el altruismo es posible, pero siempre desde un egoísmo u otro. O sea, que el razonamiento moral no puede ser intrínsecamente dis­tinto del razonamiento estratégico.

El anticristianismo

Nietzsche corrige la exhortación cristiana en su anticristiano Así ha­bló Zaratustra, diciendo: «¡Amad siempre a vuestros prójimos igual que a vosotros, pero sed primero de aquellos que asimismo se aman, que aman con el gran amor, que aman con el gran desprecio!». Nun­ca fue menos anticristiano que en esta frase, o quizá nunca más inte­ligente e irrefutablemente anticristiano…

Este pensamiento anticristiano que recupera, además, una visión pagana de que lo importante es no sólo que la masa viva bien, sino que haya individuos superiores, que vayan alcanzando lo mejor, la experiencia, la dureza espiritual, el arrojo, y que vayan mirando las cosas tal como son sin complacencias ni compasiones, este plantea­miento es situado por Nietzsche en un terreno más espiritual que el de la lucha por el poder fáctico. Esta posición, por supuesto, da ori­gen a algunas repercusiones que a nosotros nos recuerdan otras co­sas. La idea de arrogancia, de la fuerza, de la imposición, nos suena a lo que fueron luego los nazismos y los fascismos europeos, sobre todo cuando la obra de Nietzsche cayó en manos de su hermana, quien, de algún modo, le dio un sesgo pronazi hasta tal punto que Adolf Hitler visitó la casa museo del filósofo y usó su figura para sus propios fines. Por supuesto, sería injusto decir que Nietzsche era algo así como un protonazi. Por ejemplo, era profundamente contrario al antisemitismo. Discrepaba en muchos puntos fundamentales de lo que luego fue el nazismo. El nazismo es una teoría política basada en una doctrina racial que propugnaba la superioridad incuestionable de un determinado grupo étnico, al que llamaba «ario». Nada de esto tiene lugar en la filosofía de Nietzsche. Tampoco hay en ella ningún principio de «pureza de la sangre» ni, en general, nada que justifique la aniquilación de otros grupos étnicos o sociales conside­rados inferiores. El superhombre de Nietzsche no es el matón del barrio, y el hombre superior del nazismo sí lo es. Pero es verdad que hay algo peligroso en esa ruptura excesivamente arriesgada, en esa transvaloración de la moral, de aquello que se pretende poner por encima y que estuvo por debajo durante tantos siglos. También es un riesgo querer recuperar la fuerza y la insolidaridad individual frente al mundo de armonías, de consuelos y apoyos a los débiles, que ha sido siempre el planteamiento moral habitual. Es una apues­ta arriesgada y por eso tiene efectos a lo largo del tiempo también discutibles.

ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA

Entre 1883 y 1885, Nietzsche publicó por entregas Así habló Zaratustra. Sus trabajos previos lo habían llevado a la denuncia del agota­miento de la civilización europea, judeocristiana, agotamiento que se resumía en la expresión «Dios ha muerto», planteada en el libro tercero de La gaya ciencia. El descubrimiento de la muerte de Dios, según Nietzsche, nos pone frente al fenómeno del nihilismo. Pero ahora se plantea que esa muerte de Dios es también la más asom­brosa posibilidad de crear, más allá de todo límite, en la apertura de un horizonte infinito. En Así habló Zaratustra aparecen, por eso, los temas característicos de la tercera etapa del pensamiento de Nietzs­che. Esto es: la voluntad de poder, el superhombre y el eterno re­torno de lo mismo. Al hablar de «voluntad de poder», Nietzsche se­ñala que no debe concebirse como un trasmundo, al estilo de la «Voluntad» de Schopenhauer, con un cierto estilo metafísico. Para Schopenhauer, la Voluntad es el Uno-Todo que subyace debajo de los fenómenos, de las representaciones. Es la sustancia irracional de todo cosmos pensable. Es, en fin, la cosa-en-sí que se realiza en nosotros y de la que somos parte, al igual que todo ente particular. En cam­bio, según Nietzsche, la voluntad del poder debe ser pensada, como ya he indicado, como una multiplicidad de puntuaciones dinámicas que constituyen todo. Representa el enigma de las pulsiones y ex­presa una afirmación radical de la vida, la misma que, pese a todo, aparece en la figura del superhombre y en la doctrina del eterno retorno.

Nietzsche piensa hasta sus últimas conclusiones el descoyunta­miento sufrido por el hombre entre el Renacimiento y el siglo xix, y su pérdida irreversible de sustancia mítica. Ante los hombres mar­chitos que padecen el crepúsculo de los grandes principios tradicio­nales del conocimiento, la política, la psicología y la ontología —la cuádruple muerte de Dios— como la más cómoda y amodorrante de las anemias, Nietzsche abre paso a un sujeto que obtendrá su nue­vo sentido de lo humano de esas mismas carencias, pero vividas con inventivas, sin nostalgias ni remordimientos. Ese sujeto es algo más hombre y no simplemente algo más que hombre; ha ido más allá de la humanidad clásica, pero en el camino de adentramiento en la in­manencia humana no hace al vértigo de nuevo trascendente de otra impersonalidad nihilista. Es esta propuesta nietzscheana de autoinvención valorativa y de autocreación humana de todos los órdenes lo que Heidegger no podrá (o no querrá) ver; la regeneración transfi­gurada del sujeto y del individuo que son el corazón positivo de la obra de Nietzsche permanecerán ocultos para él o, más probable­mente, no encajarán en el esquema de su propio pensamiento, al cual someterá su lectura nietzscheana. Hay en Nietzsche un Voltaire cur­tido en la escuela de Schopenhauer; una doctrina de la creación como destino al que debe despertar el hombre, y sobre todo un es­fuerzo de gran finura y coraje por pensar la libertad, entendida —al modo espinosista— no como opuesta a la fatalidad orgánica e histó­rica de la que brotamos, sino como su conciencia activa.

Su propia doctrina de la verdad, que de alguna manera acaba con la verdad con mayúscula y dice que en el mundo no hay hechos en el sentido veritativo del término, sino interpretaciones, porque la verdad es algo que viene desde la perspectiva que cada cual utiliza y que nuestro ángulo de perspectiva y nuestra capacidad de sostenerlo es lo que va a convertir en verdad una capacidad u otra. O sea, que para Nietzsche no hay verdades absolutas, intemporales, ni hechos en sí, sino interpretaciones, o mejor, perspectivas. Toda verdad acontece en una perspectiva determinada, todo hecho es interpretado de un modo u otro. No es posible pensar una verdad sin asociarle una pers­pectiva, ni un hecho sin encuadrarlo en una interpretación

LOS AFORISMOS

Prácticamente toda la obra de Nietzsche está formada por pequeños fragmentos. Son textos breves, podríamos denominarlos «aforismos», que van desde una línea a una página en la cual toma un aspecto, y la perspectiva de un suceso, de un momento histórico y de un per­sonaje. Están escritos con mucha fuerza, a veces con una ironía feroz.

El texto, breve, da cuatro o cinco vueltas sobre un tema, lo deja ahí y el lector se queda impactado por ese meteorito intelectual que cae sobre él.

Probablemente esta forma intelectual tiene también algo que ver con las propias condiciones físicas de Nietzsche, quien, como ya he dicho antes, desde su juventud pasó gran parte de su vida enfermo, vagando por Europa en busca de un clima adecuado, en Lucerna y Sils-Maria, tratando de encontrar también aire puro en las suaves temperaturas de Génova en Italia. Como, además, tenía muy mala vis­ta y escribir durante mucho tiempo le causaba dolores de cabeza, los aforismos eran la medida de lo que él podía realizar de un solo golpe. Uno de sus textos más conocidos se titula Dios ha muerto. Allí cuenta que hay una especie de ermitaño que va con un candil pasando entre los hombres diciendo: «Dios ha muerto». Nadie se da cuenta de que Dios se ha muerto, ni le da importancia. Todo el mundo ríe y pre­gunta: «Ah, pero ¿estaba enfermo?». El hombre del candil anuncia que Dios ha muerto y tras recibir por respuesta la indiferencia y las bro­mas de aquellos a quien anuncia esa muerte, reflexiona que los hom­bres —que son los que han matado a Dios— no se han dado cuenta y que, en el fondo, no quieren darse cuenta, porque esa muerte de Dios ha quitado todo sentido a lo que hasta ahora era importante.

¿Qué divinidad es la que ha muerto? Ha muerto el Dios del sentido del universo, el Dios de una verdad única, el Dios que soste­nía y justificaba la tranquilidad intelectual de los seres humanos, la ciencia, el conocimiento. Aunque el individuo no fuera religioso, toda su existencia se basaba en una especie de gran idea del sentido de verdad, de coherencia, que era lo que llamaba divinidad. Nietzs­che dice que eso ha acabado, que ha muerto. La sociedad estaba a las puertas del siglo xx —que él de alguna manera previo— y lo que la sostenía se ha hundido y ahora cada ser humano va a tener que sos­tener por sí mismo el sentido del mundo, del discurso. Ya no vamos a poder aferramos a un gran sentido cósmico, sino que vamos a te­ner que sostenernos por nosotros mismos. De ahí la importancia de alcanzar esa madurez superior intelectual que él llamó equívoca­mente «superhombre».

Si la primera etapa del pensamiento de Nietzsche es la repre­sentada por El origen de la tragedia en el espíritu de la música, la segunda, la iniciada con Humano, demasiado humano, y la tercera la que se abre con La gaya ciencia, la cuarta etapa del pensamiento de Nietzsche vuelve al planteamiento crítico. Comprende los libros Más allá del bien y del mal, La genealogía de la moral, El Anticristo, El crepúsculo de los ídolos, El caso Wagner y su autobiografía Ecce homo, escritos todos en­tre 1886 y 1888. En 1889, Nietzsche sufrió un colapso, aparente­mente debido a una sífilis, y debió ser internado con daño cerebral irreversible y parálisis general progresiva. Su madre y su hermana Elizabeth lo cuidaron hasta su muerte en 1900.

La influencia de una obra y un hombre

Nietzsche fue prácticamente un desconocido en su época, muchas de sus obras fueron editadas por su cuenta y él mismo tuvo que cos­teárselas. Se suele comentar que de Así habló Zaratustra hizo unas po­cas decenas de ejemplares. Intentó regalarlo a los amigos y encontró que no conocía gente suficiente para hacerlo. Hasta ese punto sus ediciones y sus ventas eran mínimas, era un filósofo clandestino. Sin embargo, en los últimos años de su vida, cuando estaba sumido en la locura y retirado del mundo, empezó a crecer su prestigio, no en la Academia —que lo rechazó— sino entre poetas, novelistas y artistas. A comienzos del siglo xx ya había una verdadera pléyade en aumen­to de autores que se reconocían en Nietzsche. Ningún autor ha sido recuperado con tanta fuerza y celebrado tanto y, lamentablemente, con tan poco acierto como Nietzsche.

El pensador mantenía una posición ante su propia obra. Decía: «Recientemente, cuando intenté reconocer escritos míos antiguos que había olvidado, me espantó una característica común a todos: hablaban el lenguaje del fanatismo. Casi en todas partes donde se ha­bla de quienes piensan de otro modo, qué manera más sanguinaria de injuriar y qué entusiasmo por la malignidad, signos característicos del fanatismo; signos odiosos, a causa de los cuales no hubiera soportado leer estos escritos si su autor me hubiera sido menos familiar. El fanatismo corrompe el carácter, el gusto, y no en último lugar la sa­lud; quien quiera restablecer las tres cosas debe resignarse a un largo período de curación…». Es evidente que aún hay muchos convale­cientes de la obra de Nietzsche —en cierto modo todos los que lo hemos leído con pasión lo estamos un poco—, por razones que él mismo nos adelantó como si quisiera prevenirnos.

«NO QUIERO CREYENTES»

Esa teoría perspectivista de la verdad según la cual no hay verdades, sino interpretaciones —exagerada, creo yo— y llevada a consecuen­cias me parece que inadmisibles, es el legado de Nietzsche a la pos­modernidad que surge de ese planteamiento. En sus libros se encuen­tran afirmaciones y sus contrarias en páginas sucesivas. Nietzsche decía: «No quiero creyentes». Lo dejó claramente establecido en su Ecce homo, donde expone con exaltación pero también con nitidez las pautas según las cuales sus libros deben ser leídos y entendidos: «Pienso que soy demasiado maligno para creer en mí mismo, no ha­blo a las masas…». Un poco antes esboza el perfil de su lector ideal, es decir, del interlocutor que requiere su pensamiento: «Cuando me represento la imagen de un lector perfecto, siempre resulta un mons­truo de coraje y curiosidad y, además, una cosa dúctil, astuta, cauta, un aventurero y un descubridor nato». Un lector que busca la inten­sidad pero desconfía del arrebato, alguien que no vacila en adentrar­se intelectualmente en terreno vedado pero que no olvida tampoco tantear la solidez del camino que pisa, un explorador de experiencias espirituales alejado del voceador de consignas o del menesteroso de dogmas. Ése es el lector que Nietzsche quiere.

¿Cuál es su gran aportación al pensamiento ilustrado de la mo­dernidad, tan válido y esencial hoy como el mismo día que fueron escritos sus libros? Sin duda la afirmación incondicional de la vida, de la radical inocencia de la vida, el rechazo de cuanto desvaloriza la existencia en nombre de ciertos requisitos —teológicos, morales o sociales— que ésta debería reunir para contar con el visto bueno de los dubitativos y los remisos, a los que Nietzsche llama «nihilistas». El paradigma de esta actitud es el cristianismo. Por un lado, sostiene que si Dios no existe la vida carece de sentido, es algo vacío, una broma de mal gusto. Por otro, censura las manifestaciones más intensas de la vitalidad —placer físico, alegría, salud, fuerza— y ensalza lo morteci­no y exangüe —sacrificio, sufrimientos, lágrimas, renuncia, enferme­dad, invalidez, toda mortificación de lo corporal—. Desde la pers­pectiva moral, lo característico del cristianismo es descubrir en quien no se reconoce como víctima su condición inexorable de verdugo. De nada podemos enorgullecemos salvo de las humillaciones sufri­das. «La ceguera respecto al cristianismo —señala Nietzsche al final de su Ecce homo— es el crimen par excellence, el crimen contra la vida… lo que me separa, lo que me pone aparte del resto de la hu­manidad es el haber descubierto la moral cristiana.»

Todo hace de él un pensador sumamente estimulante y tam­bién, por qué no decirlo, peligroso. Su forma tumultuosa de pensar, la relación polémica con el nazismo, las interpretaciones múltiples de su obra, los esfuerzos que se han hecho por convertirlo en un pensa­dor conveniente, políticamente correcto, y el desbordamiento que suponen sus textos respecto a cualquier forma de sentido común fi­losófico nos ponen sobre un abismo que no podemos ignorar.

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Savater, Fernando La aventura del pensamiento, Ed. Sudamericana,